Algunas de las
conclusiones a las que ha llegado la neurociencia en sus más recientes investigaciones sobre el estado fetal:
Existe algo
parecido a la conciencia desde los primeros momentos de la concepción. Se ha
comprobado que el feto ya tiene conciencia a partir de la semana veintiocho,
momento en que además, los circuitos
neuronales del cerebro están tan desarrollados, como los de un recién nacido.
Pero ya antes (a las seis semanas), se aprecian circunvalaciones en el cerebro.
Y muchísimo antes, en el embrión, las células neurales corren de un lado a otro
compulsadas por señales eléctricas, buscando con insistencia más células a las
que unirse.
El EEG ha
mostrado que los fetos registran periodos de sueño REM (o sea periodos de
ensueño), pero sus ondas REM son ondas lentas. Se piensa que (por lo menos a
partir de la semana treinta y dos) el feto pueda sintonizar con los pensamientos
o sueños de su madre, de modo que los pensamientos y sueños de ella se
conviertan en los suyos. De hecho, los hijos adaptan sus ritmos vitales,
también los del sueño, a los de su madre. Y esto ya en el útero, la
sintonización madre-feto es por lo tanto, perfecta.
El feto puede
evocar situaciones emocionales. O sea, puede grabar esas situaciones en su
memoria, o sea que, toda preocupación, duda, ansiedad, que experimente una
madre, repercutirá sobre su hijo. El feto por lo tanto, es un ser consciente
que siente y recuerda.
Toda
perturbación de la madre, perturba al feto. Y no hay nada peor que un feto
rechazado. Los niños de matrimonios desdichados, suelen ser cinco veces más
asustadizos que los hijos de matrimonios felices. Y no hay que olvidar (añaden
algunos neurólogos) que un feto experimenta el dolor con las mismas
connotaciones emocionales que un adulto.
El en útero
pueden originarse ciertos tipos de depresión. Las personas que han estado
aterrorizadas en el útero, ya de adultas son más inseguras sexualmente.
La más grave
sensación de peligro para el feto es sentirse separado de la madre. Los sonidos
estridentes son especialmente dañinos para el feto. La audición y la emoción se
asientan en la misma zona cerebral, lo que causa que muchos trastornos auditivos
sean un reflejo de impactos emocionales (como peleas entre los padres) en el
periodo de embarazo.
Un feto se
agita emocionalmente (medido según los latidos de su corazón) cada vez que su
madre piensa en fumar, el simple hecho que piense en fumar hace que el feto
entre en pánico, y además, como el feto no sabe cuando volverá a ocurrir eso
que tan profundamente lo perturba, mantendrá un estado crónico de
incertidumbre.
A partir de la
semana dieciséis, un feto es muy sensible a la luz. Al cuarto mes de embarazo,
un bebe es tan sensible al tacto como un niño de un año.
El estado
físico y emocional del niño al nacer y en los años inmediatamente posteriores,
permiten saber qué tipo de mensajes maternos ha recibido en el útero.
A partir del
sexto mes de embarazo, se establecen patrones de memoria que siguen pautas
identificables. Y el hecho de que al recuperar recuerdos de ese periodo estos
tengan una configuración y formas reconocibles, tienden a confirmar la idea de
que en el transcurso del tercer trimestre del embarazo, el cerebro del feto
funciona a niveles próximos a los del adulto, aunque no de forma tan madura
como el de éstos. Y se sabe que la maduración del cerebro prosigue después del
nacimiento hasta acabar en la pubertad; y ese crecimiento post-natal del córtex, depende de lo que la neurociencia
considera la función cognitiva, o sea el hemisferio cerebral izquierdo (HCI).
Con respecto a
la ontogenia del bebe intrauterino, es una síntesis de la filogenia de la
especie humana.
El fisiólogo
Paul McLean, jefe del Laboratorio de Evolución Mental y Conducta del Instituto
Nacional de Salud Mental de Bethesda, en Maryland, USA, describe el cerebro
como una compleja interacción de tres sistemas neurales que corresponden a una
evolución iniciada en un remoto pasado.
El primero y más
antiguo de esos sistemas, fue un cerebro básicamente reptiliano, un cerebro
totalmente espacial, basado en los movimientos del acercamiento y alejamiento,
de ataque y defensa, un cerebro frio y ritualizado.
El segundo
sistema es el cerebro límbico, que surgió con los mamíferos primitivos, es un círculo
casi completo de tejido cerebral que cubre el cerebro reptiliano. Y es en ese
sistema límbico donde se gestan las emociones intensas (singularmente vividas),
así como las ondas theta y los recuerdos a largo plazo. Es el sistema, en
definitiva que conduce las motivaciones y las emociones, y es el cerebro que
nos impulsa a buscar euforia y placer.
El tercer
sistema cerebral es el del neo- mamífero (o sea, nuevo mamífero) que va asociado al creciente desarrollo de los mamíferos más
evolucionados, en gran medida diurnos. Es el cerebro que en su desarrollo ha
llegado a ser el actual de la especie humana.
Este cerebro es una nueva capa cerebral (de ahí su nombre de neocórtex
nueva corteza) formada por un tejido nervioso de superficie rugosa y llena de
pliegues. Esta corteza cerebral, dividida en dos hemisferios, que se comunican
a través de haces de fibras transversales llamadas comisuras, era, en un
principio, funcionalmente simétrica, pero, extrañamente, a partir del
advenimiento de orangutanes y gorilas se inicia una asimétrica o lateralización
de los dos hemisferios cerebrales con unas funciones y una percepción distintas
en uno del otro, son las diferentes maneras de percibir del HCD y el HCI.
Tengamos en cuenta que el HCD, está más generosamente comunicado con el sistema
límbico que el HCI. Y esto lleva a la conclusión que las características
emocionales theta, son básicamente límbicas.
Para
comprender el funcionamiento de la emotividad, hay que añadir el descubrimiento
de los neurotransmisores que mostraron
que el cerebro extiende su dominio por todo el cuerpo (o que el cuerpo también
es cerebro). En la segunda mitad de la década de los setenta, se descubrió la
existencia de una hormona, la
endorfina, que,
endógena o sea producida por el propio organismo, anula o reduce el
dolor y que, entre otras muchas funciones, todas ellas gratificantes, es la que
nos asegura la supervivencia y también la recuperación en casos de estrés.
Aun cuando al
parecer existían zonas del cerebro reptiliano asociadas a la liberación de
endorfinas analgésicas, es el posterior cerebro límbico el que ha asumido la
casi total función de generar endorfinas, hormonas que, por otro lado, se opina
dio origen a las actuales estructuras sociales afectivas. Pero aquí lo que
importa es que la estrecha unión de las gratificantes endorfinas con el sistema
límbico y, por tanto, también con el HCD, se ha visto que va asimismo,
unida a las ondas theta, que son las que
caracterizan la vida perinatal. De ahí que el feto, que es ondas theta, tenga
su supervivencia altamente protegida por un agua amniótica supersaturada de
endorfinas. Y que todo proceso de nacimiento este asistido y protegido por
grandes emisiones de endorfinas, que producen unas anestesias muy
gratificantes.
Entonces, si
tenemos en cuenta que la evolución ontogénica del bebe intrauterino reproduce
las fases filogenéticas de la evolución de la especie, podemos entender que el
proceso de maduración de un nuevo ser en el claustro materno es pasar de una
percepción reptiliana (y aun pre-reptiliana) a otra predominantemente límbica
para, finalmente, iniciar (hacia el sexto mes o quizá antes) una fase de
percepción de HCD que es la que predomina al nacer, para ya en el transcurso de
la infancia ir madurando los ritmos beta del HCI, proceso que suele concluir no
antes de los siete años.
Nos
encontraríamos por lo tanto, con una vida intrauterina que iría estructurando las fases evolutivas
de su percepción desde antes de la territoriedad del reptil (o sea desde antes
de la percepción neural), hasta las estructuras del hemisferio derecho. O sea,
desde una conciencia abierta global, hasta la conciencia estructurada de
acuerdo con la percepción de los ritmos de ondas lentas. O sea, con una
percepción ya fetal, sumamente emotiva, y por ello, sumamente vulnerable, de
ahí que no deba extrañarnos que la naturaleza intente proteger toda vida
intrauterina con las analgésicas, anestesiantes y siempre gratificantes endorfinas,
así como, al parecer en menor grado, otros péptidos similares.
Esta
vulnerabilidad del bebé intrauterino, que está unido a una madre de la que
suele recibir constantes agresiones (ya que vive sus estados emocionales…), se
traduce en cuantiosos y graves daños, y con estos daños (y con los que lleva
implícito el nacimiento), se inicia siempre la cadena de cúmulos analógicos
traumáticos que luego, ya en la infancia, hasta los siete a doce años, solemos
limitarnos a alimentarlos con nuevos
impactos analógicos traumáticos, en su casi totalidad procedentes de la forma
beta en que los padres intentan educar, imponer sobre el estado básicamente theta del niño, lo
cual es ajena y perjudicial. Un auténtico conflicto surge de una respuesta beta
a una demanda theta, la incapacidad del adulto en comprender las demandas y
actitudes theta del niño (recordemos que el estado del niño, el estado theta,
es un estado altamente emocional y simbólico,
en el niño aún no está desarrollada como en el adulto, la corteza prefrontal,
de ondas beta maduras…evidentemente, el niño no puede comprender como un adulto….).
Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis (J. Grau)
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